jueves, 18 de febrero de 2016

Las notas que no firma nadie



Le aviso: en este texto voy a deschavar a todo el mundo. Hoy no me callo. Tengo unos nombres importantísimos que están metidos hasta el cogote en la mierda y en la corrupción. Prepare una silla porque se viene la salsa.

En Argentina se lee de la siguiente manera: por titulares. El gran poder histórico de diarios como Clarín y La Nación ha sido poner a disposición una forma de pensar, implantar una idea. A la mierda, este pelotudo es K. Cristina Kirchner se hizo rica no sé cuántas veces durante su presidencia, y tiene testaferros. ¿Ve que no soy K? Sígame. El poder de Clarín y La Nación ha sido el de implantar una idea a través de un texto corto y altisonante, que lo atrajera, a usted, lector. ¿Cómo sé eso? Lo sé porque usted está leyendo este segundo párrafo, luego de leer el primero. A usted, como a mí, le gusta el quilombo y el destapado de ollas.

Ahora no se me achique. Siga. Hay algo bueno al final de esto.

Mire esta titular de La Nación:

Milena Nador, la mujer que recibió la primera Quinita: "La regalé porque me daba desconfianza"

La mujer contó que la cuna era más bien un moisés para los tres primeros meses

Titular esto así es una putada. Ya hemos establecido que La Nación y Clarín le quieren plantar una idea. Ese es su negocio. Si vamos al caso, su televisor escucha conversaciones. ¿Pero, qué idea quieren plantar acá? Sí, muy bien: la Qunita (y no la Quinita) merece desconfianza. Entrevistaron a una mujer que la regaló. Lo raro es que La Nación no entrevista a las mujeres a las cuales les sirvió enormemente la Qunita. ¿No hay? ¿No le sirvió a nadie?
Luego, al ver el texto, encontramos otra realidad, que poco tiene que ver con el titular. ¡Qué raro es esto! Porque por lo general uno titula algo parecido o que tiene que ver con lo que dice abajo. El texto, a esta hora (¿cambiará o no luego?) dice lo siguiente:

Milena Nador fue la primera mujer que recibió el kit Qunita entregado simbólicamente en videoconferencia por la entonces presidenta Cristina Kirchner hace 8 meses. Tras la polémica contó que hizo con el kit .

"No la usé porque era muy pequeña y al piso. Hace poco la regalé a una chica que no tenía nada. Amir [su hijo] era recién nacido y la cuna había que ponerla en el piso o sobre algo. Tenía miedo de que se caiga. La regalé porque me daba desconfianza", contó en diálogo con TN. Nador contó que finalmente la regaló y que a su bebé le compró otra. "Creo que esa serviría para los tres primeros meses de un bebé. Era más un moisés que una cuna".

Las declaraciones surgen luego de que el juez federal Claudio Bonadio procesara ayer al ex jefe de Gabinete Aníbal Fernández y al gobernador de Tucumán, Juan Manzur por irregularidades en la licitación del plan Qunita, de reparto de kits maternales a embarazadas.
O sea, la idea detrás del título es destruir el programa Qunita completo. No importa que las familias pobres lo hayan utilizado. No importa que los finlandeses lo utilicen y lo sigan utilizando desde la Segunda Guerra Mundial. El objetivo del periodista (que no firma su nota, como muchos periodistas de La Nación) es demostrar que algo es nocivo.
Podría al menos decir su nombre para decirnos por qué no entrevista a las mujeres a las que el programa ayudó.
http://www.lanacion.com.ar/1871834-milena-nador-la-mujer-que-recibio-la-primera-quinita-la-regale-porque-me-daba-desconfianza

domingo, 27 de diciembre de 2015

¿Quién mató al Pañalero?



La noche que mataron al Pañalero yo estaba con gripe. Lunita se trajo unas frescas, envolvió una en el repasador y me la puso en la nuca para bajar la fiebre, porque la serpentina de la heladera coso. Mientras destapaba me dijo mirándose las John Foos que nada, que un garrón, que el Pañalero estaba muerto. Yo me senté en la cama de la impresión, como un libro que se cierra de toque.

Le pregunté a Lunita el hecho si había ocurrido en la Pañalería. Me dijo que según la policía, el masculino bajaba la persiana cuando otro masculino no identificado, un cuchillero sutil, le habría tirado una estocada al corazón. El Pañalero se nos fue sin darse cuenta, quiso seguir cerrando su negocio, pero justo tuvo que morirse.

                     Me estás jodiendo, boluda – exclamé, sacudiéndome la fiebre – ¿Lo chorearon?
                     Sí y no. El cuchillero no se llevó nada, pero después vino la policía y vos sabés como son esas cosas – cambiando el tono, aseguró – El bajón es que ahora tengo que ir de la Colorada, que es carera y ya le debo de los cigarrillos también.  
                     Che, y ¿los pañales lavables? - arriesgué, temerario.
                     Vos sos de los que creen que las mujeres sólo han venido al mundo a fregarle el culo a los varones, ¿no?. Ese vaso está sucio, pará que te traigo otro.
                     Nunca dije eso. Gracias. Sería más barato, nada más. Este repasador huele a caldo.
                     Tomá – me dijo, revoléandome uno del armario - El enano tiró la sopa ayer, casi se quema vivo.
                     ¿Se sabe algo de quién fue? – pregunté
                     ¿No te digo? No se sabe nada. El tipo cerraba tarde, parece que en los últimos meses se había conseguido un filito, una mina que la policía está interrogando ahora. Pero no dicen más, hay secreto de sumario.
                     Cuando hablás parecés Crónica TV. Ponéme la tele, gorda, por ahí pasan algo.

Tocaron a la puerta. Dos policías de civil. Mi casa es chica, desde la puerta de entrada se ve mi cama y mi cocina; no tiene nada de malo ser pobre, pero al parecer a la policía le gusta reírse de eso, porque contuvieron un rictus, como dicen los sabrosos (yo le digo sabrosos a los que leen mucho, para mí son sabrosos porque me gusta leer). Estos dos canas eran de Homicidios. De todas las subdivisiones canísticas, mi preferida es Homicidios. Es gente generalmente curtida, pero no forra y es una subdivisión casi útil. Los entrerrianos, pampeanos y neuquinos trabajan bien en este grupo: son gente relajada y que sabe lo que vale un día de vida. Lo vuelven a aprender a cada día de trabajo.

Menos mal que no eran de Robos y Hurtos, sección que debería llevarse en cana a sí misma. Va a ser medio difícil igual, que un día comprendan las bases de la ley (deberían leerla primero) porque les gusta tanto pero tanto pegarle a los presos, que tendrían que turnarse para darse trompadas los unos a los otros, como en Boogie el Aceitoso y la historia del vietnamita y el americano. En fin, yo tenía pensadas varias alternativas para pasar esta tarde, entre otras, acariciando a Lunita. No va a poder ser. El cuerpo de los canas, su manera de moverse, su lenguaje gestual (otro término sabroso) me avisan que vienen a llevarme. Deben de tener problemas. Uno de los canas es panzón, tiene bigote prusiano, y la camisa abierta a la altura del ombligo; el otro es  espigado y nervioso, como un perro oliendo a la presa, o como una plantación de faso sacudiendo las flores al al viento.

                     El caballero va a tener que acompañarnos – dijo el gordo, ni bien entraron.
                     Está enfermo – se opuso Lunita
                     Sí, por eso vende porro, para ayudar a otros enfermos – dijo el flaco, olisqueando mi pipa peruana.
                     Eh, yo no le di permiso para tocar. Ya he sido juzgado por eso – contesté, con la voz enflaquecida. – ¿Por qué quieren llevarme?
                     Acaban de declarar contra usted en el crimen del Pañalero.
                     ¿No ve que estoy en cama? He estado desde ayer enfermo.
                     Sana, sana, arriba, vamos a la comisaría – se mofó el flaco.
                     Ustedes están dementes, vieja – se quejó Lunita.
                     Insultar a un oficial es una buena manera de acompañar a su marido.
                     No es mi marido. Es el papá de mi Nene.
                     No importa, vamos a la comisaría. Y si usted no quiere acompañarnos… – amenazó con el dedo el flaco a Lunita.
                     ¿Dónde está el infante? – preguntó el gordo, acomodándose la camisa.
                     Está de mi mamá – respondió Lunita.
                     El infante no nos interesa - dijo el gordo, limpiándose lo negro de las uñas. Arribitas, arribitas, upa el nene, a la comisaría.  
                     Pasáme la remera de los Ramones – le pedí a Lunita
                     Esperá, ¿quiénes son ustedes? ¿Cuáles son sus nombres?
                     Yo soy el Detective Seisdedos – respondió el Gordo – Y él es el ayudante Fernández.
                     Vamos, máquina – dijo Fernández - Se hace tarde.

La oficina del Comisario es un lugar que conozco. Sin embargo, a estos dos canas, no los juno. Deben ser los recién llegados de la renovación que a cada elección descabeza esta comisaría para limpiarla de la corrupción que lamentablemente le dejó la anterior. Es tan lindo cuando los canas son recién llegados, porque colaboran: tienen que apropiarse del territorio y del respeto de la gente, tienen que resolver un caso, y uno de ser posible, uno grande. Cada comisario nuevo que llega a esta seccional prende velas para que haya un crimen y que el responsable y el culpable (no se trata siempre de la misma persona), (de ser posible alguien feo, pobre y medio tarado) sea identificado lo más rápidamente, y juzgado y enviado atroden.

Espero que cambien también su trato para conmigo, porque cada tanto, (una vez por mes, a veces dos) me llaman para procesarme por el mismo crimen. Como nadie puede ser procesado dos veces por una misma causa, yo me hago el interesado y escucho qué tienen para decirme. Para no herir susceptibilidades, callo mis comentarios sobre lo poco que lee el policía medio, o lo poco que se entrena físicamente: me quedo en mi rincón escucho otra vez la comedia que comienza por la lectura de la causa iniciada en dos mil uno, donde descubrieron dos plantas de marihuana en mi casa y hacen una causa que curiosamente no hicieron contra el hijo del intendente y quinientas pastillas de éxtasis (para consumo personal) (en Palermo). Luego, me amonestan, me aleccionan sobre lo mal que, me preguntan si voy a ir a una granja de recuperación, a lo cual respondo que iré cuando el hijito del intendente se tome las quinientas dosis de éxtasis que lleva a  y logren bajarlo del techo de la camioneta del DJ. La risa los desconcentra, la lectura de mi causa deja de interesarlos, y  los escucho pedir informes acerca de otros casos, hasta que finalmente se deciden a hablar del caso que les compete, como dicen ellos, en voz alta y sonante,  explicando con lujo de detalles los cómo, los porqué, los dónde y qué encontró el forense, lo que me deja saber que están más perdidos que un perro en una cancha de bochas. Pero hoy tengo fiebre, me siento mal, y no tengo ganas de ver esta obra barata que ya conozco de memoria, donde lo único que cambia son algunos de los actores. Les digo que me voy, y se sublevan, las caras se consternan y hay que ver cómo me dicen que el ciudadano común tiene que tener más respeto por la autoridad, a lo que yo respondo que no tendré respeto por Seisdedos hasta que no rebaje cinco talles, ni por Fernández, hasta que aprenda a usar el corrector automático de la computadora como corresponde, que estoy leyendo mi causa y da asco. Fernandez bisbisea algo que suena como una disculpa, me llama macho, me pide paciencia. El Comisario hace una fugaz aparición por la sala principal con destino de biorsi. Va caminando rápido y con la cabeza gacha y los ojos como dos huevos fritos. El teléfono sonó hace cinco minutos, me parece que la superioridad lo pasó por las ruedas.

La hipótesis podría ser correcta. Fernández se arrima a mi banco,  con un vaso de agua en la mano. Su semblante canino parece dulcificarse hasta donde sus ojos saltados y sus labios inexistentes se lo permiten, entonces abre la mano y veo que me ofrece una aspirina, oronda sobre la palma. Como es sabido que en esta comisaría a los detenidos no les dan ni bola, y como ya por estas horas se me saltan las lágrimas de la fiebre, la acepto. El Comisario vuelve, con la cara lavada y sonándose los mocos. Me señala con el índice y en el mismo gesto, me dice que lo siga. No le hago caso.

                     Venga – me dice el Comisario.
                     Tengo nombre. Me bautizó mi vieja, aunque estoy haciendo el trámite de apostasía.
                     Huberto Enrico Cascioli, venga. ¿Ahí está mejor? – pregunta irónico el comisario.
                     Comienza a estarlo – digo, haciéndome el canchero y levantándome.

Una vez más, dentro de su oficina, el Comisario revisa mi expediente. Como dije antes, hoy tengo pocas pulgas para la misma comedia, así que lo paro en seco.

                     No. Basta del asunto de mi supuesto delito. Me han llamado para declarar por lo del Pañalero, asunto en el que no tengo nada que ver. Lo que usted quiere es ayuda. Dejémonos de estas pavadas, tengo que ir a dormir esta gripe.
                     Mi predecesor tenía razón sobre usted, Cascioli. Pero no se me venga a hacer el guaresnei ahora. ¿Qué podemos hacer por usted? – dice el Comisario.
                     Pedirle que limpie mi buen nombre y honor...
                     No, eso no sería como quien dice conveniente para ninguna de las partes.
                     Pida cosas posibles, Cascioli.
                     Café con ron, el informe del forense, el expediente completo de los testigos e interrogados, aunque sea con las faltas de ortografía de Fernández, y el arma del crimen.
                     No hay arma homicida – refunfuñó Fernández – Al menos, no la hemos encontrado todavía. Muerto como si le hubiesen hecho una macumba. Plaf, cayó seco.

El comisario, al oír la mención a la magia negra, resopló enfadado.

                     Traigale todo lo que le pide – mandó el Comisario, sentándose en su silla y mirando la persiana cerrada – Aunque sea nomás para tener otra mirada sobre el asunto.
                     Una cosa más: necesito un espacio iluminado, solitario y sin gente. Y un paquete de puchos.
                     Nos podemos encargar de eso – se adelantó el comisario - Fernández, pague y guárdeme los recibos, que el lunes se los debito.

La celda de castigo, con unas mantas en el suelo, un calentador y una lámpara potente no estaba tan mal. El problema era el humo de los cigarrillos, que viciaba el aire, así que cada hora me tomaba una pausa de quince minutos y salía a fumar al pasillo entre las celdas. Uno de los presos que me pidió un pucho, me preguntó en qué estaba trabajando. Le contesté que en el crimen del Pañalero. Mientras le encendía el tabaco, le pregunté por qué estaba adentro. Me acusan de corrupción, soy cana, me respondió. Y agregó que “Igual a mitad de mandato salgo, pero es un pijazo igual. Uno de acá adentro sale únicamente puto y con ladillas” Siguió fumando y me dejó en paz.
Volví a la celda. Bebiendo a sorbitos mi café con ron, miraba el expediente. Sin demasiada sorpresa descubrí que nada de lo que había salido en la tele era cierto. El lunes tres de abril, luego de cerrar su pañalera, Osvaldo Fuentes, 58 años, separado, comerciante de la zona, se desplomó para siempre (las intenciones literarias de Fernández me dieron risa) luego de colocar el último candado de su negocio. El informe del forense no hablaba del cuchillero sutil que había inventado la imaginación de Lunita, que tiene la tendencia a incluir cosas que leyó en alguna parte en su conversación de todos los días, y lo del cuchillero sutil me sonaba a literatura japonesa.

La causa de la muerte resta indeterminada, dice el forense. No se encuentran lesiones en el corazón, ni en el cerebro, o sea, para ser más claros, el Pañalero se murió porque. Pide sin embargo una segunda autopsia, que dejará para más tarde, cuando termine este campeonato, que se define entre River y Boca, y cuando termine la huelga de transporte, que ya va para largo, y que le asegura, comenta amargamente, muchísimo trabajo. Un poco mareado por los vapores del ron de mi café mezclado con la fiebre, salí de la celda de castigo y me acerqué hasta la mesa de entrada, donde Fernández dormita.

                     ¿Dónde está la declaración de la mina?
                     ¿Qué mina?
                     Lunita me dijo que estaban interrogando a la mina que salía con  el Pañalero, antes que me trajeran.
                     Ah, sí. Ahí te la paso.

Rebuscando en sus papeles, Fernández sacó la declaración de una pila.

                     Acá está, la tenía guardada para pasarla en limpio y quitarle las faltas de ortografía.
                     O sea, para que alguien más la corrija – Tomarle el pelo se estaba volviendo uno de mis deportes favoritos.
                     Che, no me hagas gastar mucha plata con eso de que hoy pago yo y el lunes me debitan. Todavía no cobré el mes pasado. ¿No tendrás unas boletas de alguna cosa que compraste hoy en los bolsillos?
                     Si vos no fueras cana, andarías robando pasacassetes.
                     Los mp3 se venderían mejor, y andate a la puta que te parió - me sugirió Fernández. - Si sos tan bueno resolviendo crímenes, y tan bueno escribiendo, ¿por qué no te hacés policía? Llegarías a inspector en poco tiempo.
                     No me gusta la policía, Fernández. No me gusta que unos ciudadanos tengan derecho a pegarle a otros ciudadanos, y que ni siquiera sepan por qué les pegan. Y no creo que llegase a inspector en poco tiempo, no tengo ningún primo acomodado con los que mandan.
                     Pero te gusta investigar.
                     No me gusta que maten a la gente. Bah, en realidad es como los gatos con los ratones: en alguna parte pienso que si un tipo mata a otro y no lo descubren, bueno, que se yo, tiene merecida la libertad. Pero tiene que haber alguien que lo descubra. Tiene que haber alguien dispuesto a desarmar el edificio de cartas de una coartada. Sino el mundo no estaría bueno. Sino no valdría la pena tener hijos, ni cuidarlos. ¿Entendés? El mundo tiene que ser un buen lugar, aunque sea de a ratos. Un mundo donde valgan la pena la lectura, la risa, el amor, las mujeres. ¿Vos imaginás lo que sería un mundo  donde no  se resulevan los crímenes, un mundo sin risa ni amor? te imaginás un mundo sin mujeres?

Fernández me pasó la hoja. Leí.

                     Analía Hurtado. Ecuatoriana. ¿Qué hace esta mina en Buenos Aires?
                     ¿Querés un mate? – preguntó Fernández
                     Tengo gripe. Te voy a contagiar.
                     Y bue, yo necesito una causa para faltar la semana que viene. Que no me escuche el Comisario.
                     Bueno, dale. Agregale un cacho de ron al termo. Ese mismo que le pusiste al café, que tiene gusto a kerosén.
                     Miralo. Además, ¿Cómo sabés que yo le puse ron a tu café? Puede haber venido del bar de al lado. Las tazas son iguales– se asombró Fernández
                     Ningún bar que se respete vende esa marca.
                     ¿Por qué creen que es homicidio?
                     Yo no creo nada - se defendió Fernández - pero viste cómo son las aseguradoras, ¿no?
                     El pañalero tenía un seguro de vida. La aseguradora pone guita en la comisaría.
                     Ni te puedo responder a eso, ni necesitás que te responda.

Me puse a leer la declaración de Analía Hurtado. Ella estaba en relación con el finado desde hacía seis meses. Estaban viendo de irse a vivir juntos en un tiempo. Explica que el oxciso (sic, Fernández) tenía mal carácter, pero era buena persona. Por supuesto que el interrogador pasó por alto este detalle. Dice que lo conoció en un bar, y que empezaron a salir de imediato (sic). Que el Pañalero Fuentes tenía una mala relasión (sic) con su ex mujer. El mate estaba excelente, amargo y muy cargado. Se lo devolví a Fernández. Puse los pies sobre la mesa.

                     Esas zapatillas que vos tenés no son buenas para el resfrío. – me aseguró.
                     ¿Cómo?
                     La suela es de goma. Con este otoño, te entra el frío y la humedad por los pies y la gripe te va a durar el doble, vas a ver – me pronosticó, como si fuera una abuela sabia.
                     ¿Tenemos la dirección de Hurtado? – pregunté antes de darle una nueva chupada a la bombilla. – No lo lavés, está bien así.
                     Consta en el prontuario de la causa.
                     ¿Y la dirección de la ex?
                     Seisdedos fue a buscarla para interrogarla. – respondió Fernández, dejando el termo de lado.
                     Vamos – propuse, levantándome de la silla al tiempo que la tos volvía a sentarme en ella.
                     ¿Adónde?
                     Adonde cagó el conde. A lo de Analía Hurtado. Vive en Avellaneda.

Según los inestables pruritos de Fernández, usar un móvil policial, con mi pinta, no hubiese sido lo correcto. Manoteó las llaves de su Fiat 125 y nos pusimos en camino.

La Hurtado vivía en un bloc de apartamentos, de esos de dieciséis unidades por piso, de diez pisos. Un gallinero de pobres, me dijo Fernández al llegar. Tocamos la puerta 32, no había nadie. La noche empezó a caer y yo empecé a lamentar no tener una campera. En medio de mi ataque de tos, fuimos a ver al portero. Fernández se identificó como policía y el tipo no quiso abrir la puerta, así que nos respondió por la mirilla.

                     ¿Y ése que tose quién es? ¿Un detenido? – en su forma de hablar, aspirando las eses, supe que era de Rosario.
                     Es parte integrante de la causa – respondió Fernández – Estamos buscando a un femenino denominado Analía Hurtado.
                     Esa, mejor perderla que encontrarla – dijo el portero.
                     Bueno, pero queremos encontrarla.
                     Vaya a saber, cambia todos los días de profesión. Cuando vino a vivir acá, me dijo que era secretaria, luego administrativa, luego ayudante doméstica, luego desempleada. Hace unos meses consiguió buenos amigos y volvió a pagar el alquiler, espero que le dure.
                     ¿Sabe qué lugares frecuenta? – preguntó Fernández
                     Esa mina es yiro, mi amigo. Yiro puro. Vaya a la calle Conde, al boliche Yamila, lléguese a la barra, hable con Jennifer que está ahí y pida datos. O mejor, allane.  Pero yo no le estoy diciendo nada que usted no sepa ya.

Cuando salimos, Fernández fue hasta el baúl del coche y sacó una de esas amplias camperas de policía. Me la puso en los hombros y me dijo que si teníamos que entrar al burdel, mejor que fuera disfrazado, pero que no le dijera a nadie que él tenía esa campera. Casi se lo agradecí, porque temí empeorar mi estado y agarrarme una pulmonía. La remera de los Ramones no abriga mucho, debo admitirlo.

Entramos a Yamila. La oscuridad lo dominaba todo, salvo una columna, donde bailaba una mina semidesnuda, que parecía drogada. Uno de los dos guardias de seguridad del lugar, anunció que había que regalar dos turnitos para la seccional. Fernández aclaró que no estábamos para eso y que estábamos buscando a Analía Hurtado, la ecuatoriana. Uno de los guardias, pelado y gigante como un ropero, le preguntó a Fernández de qué seccional éramos.

                     Congreso.
                     Ah, sos federico. Anulen el pedido, chicas. A los federicos no les gustan las mujeres. A los federicos hay que cagarles en el pecho y pasárselo por la cara.
                     Estamos buscando a Hurtado. Llamala – me impuse.
                     ¿Y vos, pajarito?- preguntó el grandote, parándose e inflando el pecho.
                     Este pajarito te conoce de la seccional Avellaneda - Fernandez interrumpió - Está bien que los canas necesitemos las extras, ¿pero en un puterío? Llamala, no te hagás el pistola, que la superioridad sabe que estamos acá. Caso de homicidio. Mové el culo.

El grandote cerró la boca llena de dientes desprolijos y se fue a buscar a Hurtado. Tardó unos cuantos minutos en venir, y cuando ya me estaba aburriendo de esperarla y estornudar, llegó. No estaba vestida según el oficio, pero igual, en jeans y camiseta ajustada sobre la piel morena, era muy sexy.  

Le dijo a Fernández que ya había declarado todo lo que sabía. Fernández me miró como buscando que yo prosiguiera. Necesitamos más datos, aseguré.

Nos costeamos hasta la Capital, en el 125 del asistente. Salvo el chiflido del carburador agujereado del Fiat, nadie hablaba. La fiebre, que no me había dado tregua hasta entonces, empezó a ganarme la batalla. Me dormí en el auto una siesta de media hora: si hubiese podido, hubiese dormido ocho más.

Llegamos a la Comisaría y nos ubicamos en la sala de interrogación. Hurtado quiso sacar un cigarrillo. En honor a su lomazo, Fernandez le permitió fumar.  Yo no podía prenderme uno.

                     En la declaración usted dice que Osvaldo tenía mal carácter. ¿Qué quiere decir?
                     Mal carácter es mal carácter, cariño.
                     Hay distintos niveles. Por ejemplo, si yo rompo todo en esta oficina, no tengo mal carácter. Soy un violento. Es un poco más que hacer pucheritos porque no me gusta la cena. Definame mejor el carácter de su ex pareja.
                     Bueno, pues, él era un poco violento, pero no lo dejaba ver – dijo la Hurtado, encendiendo un cigarrillo.
                     No entiendo.
                     Solo en la cama se dejaba ir. El decía que se enamoró de mí cuando supo que yo ofrecía el servicio completo.
                     ¿Usted se deja pegar por dinero? – preguntó Fernández.
                     Es una de las posibles tareas del servicio. Y Osvaldo pagaba bien.- dijo, y dio un copazo a su cigarrillo
                     ¿Cuál es su trabajo?


La Hurtado hizo silencio.

                     Pregúntele al oficial aquí presente. O usted, mismo, ¿no lo sabe? ¿No me vio hace dos minutos?
                     ¿Qué le tengo que preguntar?
                     Vamos, oficial, no peque de inocente.
                     No soy un oficial de la policía. Soy un ayudante – respondí.
                     ¿Es usted policía?
                     Soy más bien un investigador privado que colabora – mentí.
                     Da lo mismo. El precio del rescate es cien mil.
                     ¿De qué rescate? No entiendo.
                     Si usted quiere dejar de laburar de puta, como dicen por aquí, tiene que pagar cien mil pesos, ¿o no lo sabe? – me desafió.
                     ¿Vos estabas enterado de esto? – le pregunté a Fernández.

Fernández hizo silencio.

                     A mí no me convenía que Osvaldo muriese, me entiende. Lo he dicho antes y lo repito ante dios, el juez, la ley y usted, sea usted quién coño sea, pero Osvaldo me estaba ayudando a juntar el dinero para sacarme de la casa de la Yamila. Pagaba mucho y puntualmente por cada sesión. Me regalaba propinas fabulosas y cositas para el trabajo: ropa, lencería y así. Soy la persona menos interesada en vel-lo muelto.

Antes de dejarla ir le pregunté cuánto dinero le faltaba para pagar su rescate. Me contestó que era asunto suyo. Llamamos un taxi y la dejamos ir, porque Fernández me trató de imbécil cuando le propuse que la declaráramos testigo protegida, para sacarla del burdel. Al rato se abrió la puerta, y un gordo grasoso entró. Era Seisdedos.  Traía la declaración de la ex mujer del Pañalero. Al parecer, Fuentes no era muy asiduo en los pagos de mantenimiento del hijo que tenía con su ex esposa. Seisdedos dijo que el nuevo novio de la ex mujer se quedó de hielo cuando se enteró.

                     Estos están involucrados – dijo el gordo, chupando el mate – Ron en un mate frío, un asco.
                     ¿Cómo hacen para vivir?
                     El tipo cría pescados. Parece que eso da buen filo. Pero Fuentes ni siquiera mantenía trato con la ex: al hijo lo pasaba a buscar y nunca subía al departamento.
                     A Fuentes le gustaba fajar en la cama, no es muy difícil saber por qué se divorció. ¿Caliento el mate? – Preguntó Fernández.

Les dije que me tenía que ir a casa. Ya no tenía sentido quedarme en la comisaría. Mañana revisaríamos la escena del crimen.

Sin poder pegar los ojos, y sin Lunita, que había puesto los pies en polvorosa yéndose para lo de su madre, sin cable, porque lo habían cortado, comiendo una milanesa fría (sabe Dios cuál fue su fecha de vencimiento), me puse a pensar en el crimen, si es que estábamos delante de un crimen. Una muerte súbita también es posible, me dije: por ahí no lo mataron. Tipos jóvenes mueren inexplicablemente todos los días. Fui al baño a lavarme los dientes, deseando que ese argumento me convenciera, pero me conozco demasiado para saber que no me calmo delante de un enigma. Me puse a leer a Spinoza, que es un buen somnífero. A eso de las seis de la mañana pude dormirme.

Fernández llegó a las seis y media, y tocó la puerta sin piedad. Me dijo que teníamos que salir inmediatamente si queríamos que  la calle no se llenara de curiosos. Maldiciendo mi suerte y mi gripe, salí. Por suerte, el ayudante me esperaba con un café y dos aspirinas.

La Pañalera tiene una de esas rejas porteñas que copiamos de los parisinos, negra y recientemente pintada. En el interior del local había varias ofertas que Fernández me tentó a aprovechar. Total, vos tenés un pibe chico, me dijo. Agarramos un par de cajas de pañales y las cubrimos con unas mantas, las metemos en el móvil y te las llevas para casa. Me negué, y seguí mirando el local. En el mostrador estaba la caja registradora, juguetes varios para infantes, una mecedora importada, cartas postales, una botella de agua que el infortunado de Osvaldo debió tomar y que estaba por la mitad.

                     ¿Dónde está el vaso?
                     ¿Qué vaso?
                     Este tipo tenía un negocio respetable en la capital, si toma agua, la toma de un vaso, no la toma directamente de la botella. No quedaría bien delante de la gente. Fíjate en la basura.
                     No hay nada – dijo Fernández, luego de revisar bien.

Entró Seisdedos, con un paquete de facturas, comiéndose una.
                     A medida que pasan las horas, yo me juego más por la muerte súbita.
                     Falta un vaso – dijo Seisdedos.
                     Debe estar en la cocinita del fondo.

En el fondo había un secaplatos con varios vasos.

                     Ahí está tu vaso – dijo Seisdedos, metiéndose otra factura en el buche.

                     No tomó de acá – aseguré, revisando uno por uno los que aguardaban en el secaplatos. Tienen marcas de haberse secado. Si el tipo tomó agua, con lo prolijo que es este lugar, debería haber sacado la botella del mostrador, porque sabía que el culo de la botella le iba a dejar una marca sobre la madera pulida. Mirá este negocio, el tipo lo llevaba bien: todo está ordenado y limpio. Falta un vaso. Andá a revisar el container de basura y fijate si no hay un vaso igual a algunos de este juego.

                     Vos no pretenderás que yo…

                     Dale, Seisdedos. Revisá la basura.

                     Fernández: revise la basura.

Bisbiseando maldiciones, Fernández se metió dentro del container.

                     Si me agarro un sida con una jeringa sucia, la comisaría se va a comer un juicio – prometió.

Algunos segundos más tarde gritó, pero de placer: había encontrado el vaso. Tuvimos que llamar a la Policía Científica y frenar a los del camión de basura, que consideraban el container como propio. Luego de algunos insultos y de algunas horas de espera, supimos que estábamos en lo correcto. El borde del vaso estaba envenenado con tetradotoxina.

·                        ¿Qué quiere decir eso? – me preguntó Seisdedos.
·                        Que el nuevo novio de la ex mujer está involucrado. Ese veneno solo se consigue en un pez, el pez globo.
·                        Voy a detenerlo entonces.
·                        Vos andá a detenerlos y lográ una declaración. Yo me voy a Yamila.
·                          Claro, hay que festejar. 
·                        No seas zapato, Fernández. Hay que agarrar a la asesina. Dame las llaves de tu auto.
·                        Cuidalo, ¿eh?
·                        Prometo devolverlo tan roto como me lo prestaste.

Hurtado no estaba en Yamila. Hurtado no estaba en su departamento. Hurtado no estaba en ninguna parte. ¿Dónde estaba?
Saqué el Nokia.
-       Fernández, ¿los agarraron?
-       Tengo una sorpresita para vos.